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Obra "Nacimiento de la Incertidumbre" © Naufragia 2017. Por Yuliana Guédez Forgiarini.

Arrojados hacia la vida.

Pese a la incertidumbre, existe algo dentro de nosotros que nos impulsa, así como hay fuerzas que nos estancan. Nacemos como un ser arrojado en el devenir de la vida, como una botella en el océano que sólo se mueve con la fe de que algún día llegará a la orilla. Pero, así como existe la fe, también está la incertidumbre, la confusión, la desesperación.

Hoy es un día nublado. Aunque es casi mediodía, los rayos del sol causan sombras difusas por atravesar las nubes. La música del reproductor se funde con el cantar de las aves y el ladrido de los perros.

Yazgo en mi cuarto. En realidad, se enfrenta la vida con un semblante estoico. Permanecemos así, indiferentes, frente a las cosas que suceden. Aunque por dentro se sufra, es más fácil insensibilizarse lo más posible que enfrentar la realidad. ¿Para qué, entonces, tenemos nuestros sentidos? ¿Por qué necesitamos de la vista, el gusto, el tacto, el oído y el olfato? Y más aún, ¿Por qué necesitamos sentir dolor?

Reflexiones de un matemático.

Pascal, el matemático y filósofo francés, describe esta sensación de forma personal en su obra Pensamientos:

Yo no sé quién me ha puesto en este mundo, ni qué es el mundo, ni qué soy yo; me encuentro en una terrible ignorancia de todas estas cosas; no sé lo que es mi cuerpo, ni mis sentidos, ni mi alma, ni siquiera esta parte de mi yo que piensa lo que digo, que reflexiona sobre todo y sobre sí misma y que no se conoce a sí misma mejor que el resto. Veo estos terribles espacios del universo que me envuelven, y me encuentro atado a un rincón de esta vasta extensión, sin que sepa por qué estoy situado en este lugar y no en otro, ni por qué este poco de tiempo que me ha sido concedido para vivir me ha sido asignado en este momento y no en otro de toda la eternidad que me he precedido y de toda la que me sigue. No veo más que infinitudes por todas partes que me envuelven como a un átomo y como a una sombra que no dura más que un instante sin retorno. Todo lo que yo sé es que debo morir pronto; pero lo que más ignoro es, precisamente, esa muerte que no sabré evitar.
Como no sé de dónde vengo, tampoco sé a dónde voy; y solo sé que al salir de este mundo caeré para siempre o en la nada, o en las manos de Dios irritado, sin saber a cuál de estas dos condiciones debo estar eternamente sujeto. He aquí mi estado, lleno de debilidad e incertidumbre.

Obra "Nacimiento de la Incertidumbre" © Naufragia 2017. Por Yuliana Guédez Forgiarini.

La estabilidad.

A veces nuestra estabilidad se tambalea. Y es que la estabilidad es un estado de mente, no de geografía. La mayor parte del tiempo nos sentimos arrastrados a seguir con nuestra cotidianidad; y cuando realmente nos sentamos a reflexionar, nos engulle el miedo, como un demonio que no nos deja dormir.

Desde pequeña me ha apasionado el cielo. De acuerdo con la concepción kantiana de lo bello y lo sublime, miro al cielo del día como algo bello, mientras que el cielo nocturno me muestra la infinitud del universo, sublime, maravilloso… pero también aterrador. Lo veo como quien se asusta observando las profundidades del vasto océano. Como los gatos, quizá la curiosidad me mate en algún momento.

Obra © Naufragia 2017. Por Yuliana Guédez Forgiarini.

Ciegos ante la incertidumbre.

A pesar de que podría hablar por horas sobre lo asombroso de la infinitud –o vastedad– de la bóveda celeste, en este ensayo me intereso más por las nubes. Es curioso: de día los rayos del sol nos permiten ver todo con mayor claridad, pero por su misma intensidad, nos impiden ver más allá: de alguna manera nos sofocan, nos encierran dentro de nuestra atmósfera, nos ciegan como una brújula empañada. Las nubes, que representan humedad, cosa necesaria para que podamos vivir, nos ofuscan como una madre que prefiere no decirle la dureza de las cosas a su hijo: Las nubes nos protegen y nos dan lo necesario para poder vivir los ciclos de la vida, pero a su vez nos hacen sentirnos más confundidos.

Como animales diurnos que somos, aunque a muchos no les guste admitir que somos animales, vivimos, pues, la mayor parte del tiempo cegados por los rayos del sol o las nubes de nuestra atmósfera. Nuestros cinco sentidos son, además, totalmente limitados… hay quienes se olvidan de sentidos que nosotros no poseemos, pero que existen en la naturaleza; como la capacidad de sentir el electromagnetismo como los tiburones martillo, o de guiarse por ultrasonido como los murciélagos.

Nos encontramos entonces como un bebé al que dejan a su suerte en una cesta arrojado en la puerta de una casa, esperando que lo adopten. No sabemos qué sucederá, ni durante nuestra vida, ni después de ella… Estamos tan perdidos como una gaviota en medio de Los Andes. Y sin embargo, hay una cosa que es muy cierta: nos inquietan y nos apasionan las fronteras. Como homo sapiens, siempre queremos ir un paso más allá.

La primera frontera que atravesamos, es sin duda aquella que transitamos al nacer: ya sea por cesárea o parto natural, lo que era el mundo se hace después algo mucho más vasto y diverso. El “afuera” se convierte en el nuevo mundo, y el “adentro” deja de ser una opción, nos hemos transformado; hemos nacido.

Obra © Naufragia 2017. Por Yuliana Guédez Forgiarini.

La última frontera.

Antes, la última frontera estaba protagonizada por el vasto océano. Cuando se tenían dudas de si la tierra era plana o esférica, el océano era siempre el punto final, el punto de dudas, o el terreno que había que atravesar. El cabo Finisterre, en el norte de España es prueba de ello; aún hoy día se hacen peregrinajes para apreciar el sitio venerado como una de las fronteras finales del mundo.

Por otro lado, en términos de exploración las cosas no han cambiado tanto: aún se sigue conociendo muy poco sobre las profundidades del océano y la grandeza del espacio exterior. Tenemos bien cartografiada la tierra y navegamos con relativa seguridad y tranquilidad, pero las profundidades, tanto del espacio exterior como del océano, son nuestras prioridades actualmente; prioridades que se han mantenido desde tiempos antiguos.

La Libertad.

Las fronteras hoy en día, sin embargo, están más controladas que nunca. Desde que se consolidó la protección de la soberanía de los pueblos, cada uno ha decidido proteger su seguridad nacional a su manera; mayormente basada en estereotipos. Si no posees la nacionalidad apropiada, o en su defecto la visa, para ingresar al país destino; simplemente no entrarás –o al menos no de forma legal–. La libertad de tránsito se ve, pues, mellada. Pero así como la estabilidad es un estado mental, se debe recordar que la libertad también lo es.

El sentimiento de incertidumbre es uno de nuestros mayores demonios. Este sentimiento es común en todos los seres humanos, en mayor o menor medida en determinados momentos de la vida. Es irónico: La incertidumbre es la capacidad que tiene el mundo, y cada individuo que lo conforma, a ser libre. La incertidumbre está presente en cualquier momento, pero se hace evidente en la exploración, en cualquier terreno novedoso para nosotros.

Obra © Naufragia 2017. Por Yuliana Guédez Forgiarini.

El vacío y la incertidumbre.

Asfixia, perdición, falta de ubicación, falta de aire, hundimiento… Se siente como si estuviéramos de manos atadas ante nuestro entorno. La gran naturaleza, como la bella pero peligrosa naturaleza que describían los románticos, no siempre se pone de nuestro lado. De hecho, muchas veces creemos que tenemos todo en contra nuestra: que no hay garantías de nada. Llegan momentos de la vida en donde la incertidumbre es tal, que las personas se ven obligadas a tomar determinadas decisiones. A veces las personas obran, incluso a sabiendas de que ello les hará infelices, sólo con la esperanza de tener algo a qué aferrarse.

“La vida es una tómbola”, decimos en mi país. Es curioso cómo, del otro lado del mundo, tienen una expresión para referirse a cuando “no hay otra opción”, o “es mejor aceptar las cosas como son”, “déjalo ir, no hay nada que se pueda hacer”… Me estoy refiriendo a la expresión japonesa de “Shikatanai”, que en realidad significa todo lo anterior, pero dicho de una manera suave, una resignación casi dulce…. Como un leve suspiro dejando dientes de león en el aire… flotando esas esporas como si fueran nubes.

Aceptación y Atrevimiento.

En realidad, nos cuesta aceptar el devenir de las cosas. Nos entorpece la falta de tierra, de estabilidad… le tenemos miedo a volar, incluso cuando ya lo hemos logrado como especie a través de las máquinas. Y es que volar no es cosa fácil. Siempre recuerdo un documental de la BBC en el que se mostraba cómo unos polluelos de un ave llamada barnacla cariblanca deben lanzarse ante un enorme risco sin saber volar, sobreviviendo increíblemente más de la mitad de ellos, a pesar de los golpes de la caída. Es un procedimiento necesario para que los polluelos puedan alimentarse, y es algo que deben realizar a tan solo tres días de haber roto el cascarón.

¿Por qué nos cuesta tanto atrevernos a lazarnos al abismo a nosotros, los humanos? Quizás la respuesta se halla en que no es necesario “lanzarse al abismo” para sobrevivir. Las personas temen perder algo de sí mismas en la caída, que el abismo los domine. Es como arriesgarlo todo en la lotería. Nos cuesta lanzarnos al risco mucho más que a las pequeñas crías de barnacla cariblanca. Es sencillo: Si el riesgo no es necesario, preferimos no tomarlo. La única opción que parece posible es seguir con lo que la vida te da, continuar sintiéndote arrojado, sin ninguna clase de control ni dirección sobre las cosas.

Obra © Naufragia 2017. Por Yuliana Guédez Forgiarini.

La fe mueve montañas.

En este punto vale la pena, sin embargo, recordar que la fe es la que ha movido montañas. Sin fe, no se habrían construido grandes templos, no se habría atravesado el océano, no se habría llegado al espacio exterior… No hablo de la fe en un Dios, sino de la fe como carácter movilizador.

Si el mundo tiene libertad, el hombre también la tiene. Aunque el infinito cielo nos arroje al profundo mar, si no hay quien mire la infinitud, ¿cómo puede el mundo conocerse a sí mismo?

¿Qué factor hace a una persona libre, tan libre como el devenir y la incertidumbre obran a su manera?... La única manera de obtener libertad es disipando, controlando y dominando el miedo, especialmente el miedo a la muerte: al no temerle a la destrucción, se puede renacer. Las exploraciones y descubrimientos han sido testimonio de ello. Cada monstruo es como una tormenta: si eres náufrago, significa que no has muerto aún. El epítome de la individualidad y del reconocimiento del ser, es el obrar en libertad.

Venciendo el miedo a la incertidumbre.

Vivir es llegar y morir es volver.
Tres hombres de cada diez caminan hacia la vida.
Tres hombres de cada diez caminan hacia la muerte.
Tres hombres de cada diez mueren en el ansia de vivir.
¿Cómo puede sobrevivir el décimo hombre?
He oído decir que quien sabe cuidarse
viaja sin temor al rinoceronte ni al tigre, y va desarmado al combate.
El rinoceronte no encuentra donde hincarle el cuerno,
ni el tigre donde clavarle su garra,
ni el arma donde hundir su filo.
¿Por qué?
Porque en él nada puede morir.

- Lao Tsé, Tao Te King.

 

Existen dos tipos de personas: aquellas que ansían la paz, y aquellas que ansían la libertad. Ambos son conceptos incompatibles. Sin embargo, tanto la paz como la libertad son también estados mentales… a veces la libertad te hace sentir paz; y a veces la paz te hace disfrutar de libertad. La dualidad entre ambos conceptos parece ser contradictoria.

Hace años, una niña preguntó a su madre:

– Mamá, ¿a dónde vamos al morir?
– A donde estábamos antes de nacer.

Su semblante infantil se quedó tranquilo.

Hoy, las nubes continúan su danza, a veces dejando ver el azul puro. El sol prosigue su paso… y yo, mientras tanto, aguardo la noche para poder ver las estrellas.

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yuliana guédez forgiarini

Soy apasionada por conceptos universales e individuales relacionados a los seres humanos. Naufragia es mi bitácora abierta con un énfasis en la fotografía, el arte y el diseño; así como también la investigación humanista. Exploro y me sumerjo en cada proyecto hasta alcanzar su alma. Estoy abierta a comisiones y buenas conversaciones. ¿Quieres unirte a mis aventuras?

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