somos únicos
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¿Somos únicos como individuos? En un planeta con millones y millones de habitantes, ¿es correcto afirmar frases como aquella de que “cada cabeza es mundo”? (creencia muy apegada al pensamiento psicoanalítico), o; por el contrario, ¿apuntarías a que todos formamos parte de un mismo esquema de pensamiento mecánico e instintivo repetido a lo largo de generaciones? (una propuesta basada en ideas cognitivo-conductuales).

Si bien en un principio de la civilización las conductas humanas estaban siendo explicadas y ejemplificadas a través de creencias mitológicas y preceptos sociales (he aquí un artículo sobre ello), tras el avance del pensamiento filosófico se desarrollan ideas planteadas desde un ámbito más terrenal, más humano, pero no por ello más tangible, pues lamentablemente no hay hasta ahora manera percibir aquello que se aloja en la cabeza de los demás.

El alma como principio de individualidad

Siendo el pensamiento una red inaccesible para los sentidos, la eterna búsqueda por descifrar y clasificar la innumerable cantidad de información que pasa por la mente de cada persona, abre paso a áreas como la psicología, cuya etimología o significado inicial enlaza la Psyché (alma), con el Logos (sabiduría o conocimiento), un par de conceptos para aquel entonces muy relevantes en el afán por desenmarañar la mente y saber si somos únicos, dotando al ser humano de dos cualidades: la sensible y la racional.

A partir de allí, intentar explicar el tejido mental del hombre y si somos únicos es una constante que se ha repetido a lo largo de la historia, iniciando con posibilidades de interpretación enteramente variables que generan debates como el de Freud y Jung, quienes con sus respectivas teorías sobre el inconsciente individual y colectivo, proponen en ese momento 2 maneras de definir la influencia de la sociedad y los paradigmas en los sentimientos y acciones de una persona, dando pie a uno de los métodos más populares de análisis del pensamiento: el psicoanálisis.

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La individualidad del psicoanálisis

Si visualizamos un panorama muy general de esta corriente, podríamos concretar a modo de resumen que Freud, por su parte, afirma que somos únicos y observa a las personas como portadoras de un universo propio, generado por una muy personalizada modificación mental de eventos y creencias a lo largo de su vida, que se transforman en nuevas interpretaciones y emociones; y se convierten posteriormente en su aporte a la sociedad a la que pertenecen.

Por otro lado, Jung se contrapone al afirmar que es dicha sociedad quien otorga los requerimientos al individuo para que logre conformar su pensamiento, haciéndole forjar un rumbo dentro de ciertos grupos sociales con características similares a los que llama Arquetipos.

Así pues, a pesar de que ambas teorías pueden llegar a mostrarnos puntos de vista distintos con respecto al tema, debemos hacer énfasis en que mantienen algo en común: la visión del ser humano como portador de una identidad, un “alma” vista como esa individualidad que le pertenece en mayor o menor medida (dependiendo de cada planteamiento); pero que se asocia aún a la idea inicial de la que se desprende la psicología, es decir que para ambos, somos únicos.

¿Y si obviásemos el lado sensible?

Es acá dónde entra en juego una nueva posibilidad que pone al límite la creencia de que el verdadero individualismo exista, puesto que, según la corriente del conductismo, todos somos harina de un mismo costal.

De cierta forma, esta idea tiene un poco de relación con aquella creencia de Jung en la que todos partimos de un arquetipo, sin embargo, en este caso se elimina la posibilidad de todo rasgo sensible y emocional en las personas a través de la teoría planteada por Watson en 1913, en la que se propone que el humano solo debe ser analizado desde aquello que sí es visible y comprobable; es decir, sus acciones y capacidad de aprender.

Acá el hombre no es verdaderamente distintivo, no somos únicos, sino que somos un animal más cuyo comportamiento solo es producto de una relación de estímulo – respuesta que le proporciona el mundo que le rodea, en el que sentir, hacer o pensar son equivalentes a caminar, respirar o moverse.

José del Grosso, refiriéndose a Watson, plantea:

“para él, todos los actos están determinados previamente por las condiciones ambientales: nadie es responsable de sus actos”

(José del Grosso, 1993, p. 91)

Este planteamiento deja al hombre 3 respuestas básicas vistas solo como “reacciones instintivas”: La ira, el miedo, y el amor; el resto de sentimientos quedan descartados. ¿Qué le diferencia entonces del resto de animales?, solo su modo de reacción y sus condiciones de vida.

En consecuencia, para Watson no hay mente, no hay inconsciente, no hay alma ni espíritu que analizar, ya que, según sus ideas, admitir esto sería hacer de la psicología una ciencia enteramente subjetiva y ligada a interpretaciones.

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El conductismo, el cognitivismo y los esquemas

Así pues, para demostrar su credibilidad, la psicología se une a una perspectiva que parte de las conclusiones del Circulo de Viena en 1920, en el que científicos de diversas índoles exponen que toda ciencia debe estar enteramente definida a través de herramientas que permitan hacer tangibles sus resultados.

Es entonces como el conductismo, que muestra para la época una idea revolucionaria con respecto al ser humano y a lo que hasta entonces se practicaba para su análisis; pretende elevar el nivel de la psicología tomando como base conceptos del constructivismo y los estudios de Pavlov, aprobando así un método basado en la experimentación mental tal como se aplica en animales, exponiendo a la persona a cambios en su entorno para obtener resultados cuantificables y estadísticamente “correctos”.

Según estas ideas, todos y cada uno de nosotros poseemos las mismas capacidades de razonamiento que están determinadas por factores genéticos que nos hacen reaccionar de una u otra forma ante las mismas situaciones; sin embargo, a pesar de lo que indica la teoría, es inevitable mirar hacia los lados y poner un alto para pensar ¿Qué tan cierto es esto?, si el mundo que nos rodea plantea millones de contextos variables cada día; es imposible que el día de alguien o sus reacciones sean idénticas a las mías… ¿no somos únicos?

 Conductismo y cognitivismo

Ante ello, el conductismo puede llegar a verse como una visualización demasiado fría y mecánica del hombre en la que para nada somos únicos. Es por eso que se inicia el cognitivismo como una manera de suavizar los bordes ásperos, entrando en escena para mostrar una versión en la que de nuevo el ser humano vuelve a tener mente (aún sin incluir a los sentimientos), pero manteniendo la creencia de que todos somos básicamente una misma masa de arcilla totalmente moldeable, esta vez no solo por reacciones instintivas y entornos, sino por aprendizajes.

Básicamente, acá se considera que seguimos siendo animales capaces de comportarnos según lo que el entorno requiera, pero tenemos la cualidad de acumular lecciones y reaccionar de acuerdo a un conocimiento empírico que genera en nosotros creencias, deseos y motivaciones forjados por lo que Beck y Freeman, desarrolladores de un modelo de terapia bastante reconocido en el área, mencionan como “esquemas”; que líneas generales son planteados como patrones conductuales y paradigmáticos que se crean según las experiencias vividas y a su vez, las alimentan

“El proceso es circular: los esquemas “dirigen” a la conducta y se mantienen por los resultados de la conducta.”

(Echeburúa, P. del Corral, 1999, P. 606)

De esta forma, la humanidad se vería envuelta entonces en una continua retroalimentación que crea patrones de pensamiento, viéndose forzada a repetir una y otra vez situaciones emocionales.

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Formando una opinión… ¿Propia?

Quizá el modelo que escojamos nos indique la forma en como guiamos nuestra vida y el nivel de racionalidad que poseemos a la hora de tomar decisiones. Fijar una postura realmente objetiva con respecto al tema se vuelve entonces un ejercicio complejo, puesto que, al hacerlo, estaríamos abriendo nuevas preguntas que terminan convirtiéndose en uno de estos guiones tan conocidos del método socrático.

“Esto es, cada persona posee su propia realidad y, por tanto, no existen realidades más reales que otras. La realidad se confunde con las gafas de quien la mira.”

(Moix Queraltó, 2006, p. 117)

Pero si dijésemos que quien tiene mayor razón es el conductismo, ¿de qué dependería nuestra opinión?, y, lo más importante, ¿sería realmente una opinión?, pues estaríamos afirmando que solo decidimos a partir de un instinto, y que el criterio para elegirlo no se basa en conocimientos realmente nuestros.

Así pues, si por el contrario afirmásemos confiar en un método más metafórico como el del psicoanálisis, debemos pensar en si nuestro pensamiento coincide solo con la expresión de nuestra alma o se debe a un producto del instinto y las cualidades intrínsecas del hombre.

Finalmente, si cediendo ante las posibilidades del cognitivismo dijésemos que todo depende de una experiencia previa, caeríamos ante ese dilema ontológico en el que solo somos carne, y que aquello que nos hace especiales, nunca ha dependido verdaderamente de la personalidad sino de las cosas que nos ha tocado vivir; es decir, que si hubiésemos nacido en otro entorno solo seríamos un subproducto de él, pudiendo cambiar en cualquier momento ya que nunca habría un “nosotros mismos”.

 ¿De qué dependes?

Hasta cierto punto, cada hipótesis cuenta con un nivel de verdad innegable que da pie a otras rutas. En la actualidad, existen cierta cantidad de métodos que intentan utilizar ambos lados de la balanza para lograr obtener un poco de cada teoría; un poco de ese aspecto instintivo mezclado con el lado social y personal, llegando a consolidar las bases de lo que se conoce como psicología humanista que de una u otra forma, intenta cercar un poco la brecha de la incertidumbre cuando se habla de la mente humana.

Las preguntas son innumerables, y sus respuestas, generan muchas más. Entonces, luego de tantos cuestionamientos, ¿cuál es “tu” opinión? ¿somos únicos?

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Bibliografía

Echeburúa, E. (1999). Avances en el tratamiento cognitivo conductual de los trastornos de personalidad. Analisis y Modificación de Conducta. Vol. 25 (Núm.102). P.586 – 614

Perez, M. (2006). La Terapia de Conducta de tercera generación. eduPsykhé. Vol. 5 (Núm.2). P. 159 – 172

Moix, J. (2006). Las Metaforas en la Psicología Cognitivo Conductual. Papeles del Psicólogo. Vol. 27 (Núm.2). P. 116 – 122

Del Grosso, J. (1993), Mente y Conducta, Venezuela, Consejo de Publicaciones de la Universidad de Los Andes.

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grecia celeste moreno

Soy una joven venezolana apasionada por el diseño, la imagen y la literatura como forma de expresión y comunicación, cuya carrera ha permitido generar en mí una constante búsqueda introspectiva, otorgándome la necesidad de desarrollar proyectos que generen un vínculo emocional empático e innovador a través de la constante investigación y profundo análisis filosófico y psicológico, apelando a la metáfora y la narrativa como formas de fortalecer los mensajes y crear conceptos sólidos.

1 comentario en “¿Somos únicos?: La teoría de la psicología conductual”

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